Monday, March 21, 2011

Almas soñadoras... Parte 1

Los grandes deseos se forjan en grandes corazones. Y al ver la historia del mundo, y especialmente la historia de la Iglesia, se ve claro que la tela con que Dios irrumpe en la vida de los hombres suele ser la de las almas grandes, los hombres magnánimos. Pero… ¿cómo es grande un hombre? ¿cuándo es grande su alma…?

Miremos las veces que hemos sido sacudidos por la voz de Dios que nos recordó con un grito nuestra más honda vocación. Por ejemplo la muerte del Papa Juan Pablo II, que puso de manifiesto algo que parecía olvidado: en definitiva en la vida sólo importa la santidad.

Y de eso se trata… de soñar con la santidad, de desearla, de anhelarla.

Porque un día nos llega del cielo una señal, la voz de Dios que nos dice que nos quiere santos, gigantes, en busca de la santidad que, por otra parte, es pura GRACIA. Nos llega entonces la vocación de buscar lo imposible, de esperar confiados lo que no podemos lograr…

Al alma pequeña del hombre, le entra el sueño infinito de Dios… «Habéis puesto tanto amor en un alma tan pequeña, Señor, y tan miserable» dice el hermano Rafael. La «locura» de Dios de compartir su vida con los hombres, su deseo de inhabitarlo, de ser amor en la pobre y pequeña existencia humana. Y el alma chiquita se vuelve hogar del sueño infinito.

Muchas veces la voz de Dios surge como inspiración en el corazón, como anhelo oculto, pequeño, un poco tímido al principio, a veces vacilante, pero que va tomando fuerza y de repente se vuelve fuego, certeza, para volverse noche otra vez y oscuridad… Así nos van surgiendo las «inspiraciones» que nos manifiestan de modo humano realidades que nos trascienden. Es el Señor que así va moldeando esa santidad «particular» que él sueña para mí, para cada uno. A través de las inspiraciones del corazón, el hombre se va ejercitando en escuchar la voz de Dios y en obedecerlo y arriesgarse por él; como Pedro, que había pescado la noche entera sin sacar nada, pero que supo claramente que si «Él» lo decía, había que echar las redes otra vez… «y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse…» (Cf. Lc 5,5-6)

La «inspiración» surge en el corazón, y el hombre entonces inicia su lucha y su discernimiento. Existen criterios objetivos que nos ayudan a discernir el origen de esa voz. Son criterios madurados y cobijados en el seno de la Iglesia, a través de sus grandes maestros espirituales, de la doctrina de la fe y de la prudencia de los pastores (jerarquía, confesores, superiores, directores espirituales…). Supuesta esta instancia de recto y sano discernimiento de las mociones del espíritu, entonces empieza la lucha personal, como el profeta que se descubre demasiado joven (Jer. 1,6), o Moisés que pone la objeción de no saber hablar (Ex. 4,10).

Pero Dios, que pide todo, no lo pide de golpe, sino de a poco. Nos va haciendo como un «noviciado de la entrega». Nos pone en el corazón inspiraciones de su gracia, y el corazón se va familiarizando con su voz y la voluntad va aprendiendo a obedecerlo. Así, cada vez que somos fieles a las inspiraciones interiores, éstas crecen dentro de nosotros a la vez que nos hacen crecer:

«Toda fidelidad a una inspiración es recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y más fuertes. Es como si el alma se entrenara para llegar a una percepción cada vez más clara de la voluntad de Dios y a una mayor facilidad para cumplirla.»

Y todas las inspiraciones van sembrando en nuestra vida espiritual la semilla de la santidad. Es la santidad el anzuelo que se esconde detrás de la «carnada». Cada inspiración, en definitiva, es como si fuera una excusa para llevar al corazón el deseo ardiente de santidad. Y sólo cuando llega ese deseo el alma se convierte de verdad en soñadora…

¡El hombre se conoce por sus sueños! Por sus deseos… Dice San Agustín:
«Toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegue el momento de la visión. Supón que quieres llenar una bolsa, y que conoces la abundancia de lo que van a darte; entonces tenderás la bolsa, el saco, el odre o lo que sea; sabes cuán grande es lo que has de meter dentro y ves que la bolsa es estrecha, y por esto ensanchas la boca de la bolsa para aumentar su capacidad. Así Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones»

El deseo de santidad es deseo madurado en el silencio, en la cruz, en la contemplación del misterio. Nos dice Agustín que nuestra vida es ejercitarnos en el deseo. Ese ejercicio es, en definitiva, querer ver a Jesús.

Cuando el Señor pone en nuestros corazones un deseo es porque quiere realizarlo, y así nuestros sueños nos dan la medida de nuestra alma. Almas pequeñas con grandes anhelos. ¿No es acaso irracional que un corazón pobre como el nuestro aspire a tanto amor? No, no lo es. Sólo parece serlo a causa de nuestra pequeñez, pero allí irrumpe la lógica de Dios, la fuerza de lo débil, de lo pequeño, de lo oculto.

Un pobre corazón se vuelve hogar de un sueño infinito y ese pobre corazón tiene en sí, entonces, algo de infinito. Nuestra vida espiritual es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, dejarnos hacer. Escuchar su voz en el fondo del alma y animarse a seguir sus impulsos, que desinstalan, cuestionan, nos deja solos, nos vuelve incomprendidos, pero que también nos dan la certeza de la grandeza y el poder transformador y redentor de lo pequeño y de lo oculto. La acción del Espíritu nos vuelve pobres pero hace, a la vez, que nuestra pequeñez adquiera una cierta forma de grandeza.

iglesia.org

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