Sunday, August 2, 2009

«Vanidad»

Alfonso Aguiló
Una rana se preguntaba cómo podría alejarse un poco del clima frío del invierno de su tierra. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos hacia el sur. El principal problema era que la rana no sabía volar. «Dejadme que piense un momento —dijo la rana—, tengo un cerebro privilegiado».

Pronto tuvo una idea. Pidió a dos gansos que le ayudaran a buscar una caña lo suficientemente ligera y fuerte. Les explicó que cada uno tenía que sostener la caña por un extremo, y que ella iría en medio, fuertemente agarrada a la caña por la boca.

Cuando llegó el momento, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Todo iba según lo previsto cuando, al poco rato, pasaron por encima de una pequeña población. Los habitantes de aquel lugar salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien preguntó: «¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?». Esto hizo que la rana se sintiera muy orgullosa, y fue tal su sensación de importancia, que no pudo evitar que se le escapara la inmediata respuesta: «¡A mí!». Su orgullo fue su ruina, porque en el momento en que abrió la boca, se soltó de la caña y cayó al vacío desde una considerable altura.

Esta vieja fábula se ha venido contando durante siglos para hablar de la torpeza que suele ir unida a la vanidad. Quienes viven demasiado pendientes de dejar claro el propio mérito en todo lo que hacen, suelen entrar en una dinámica que con facilidad les trae notables perjuicios. Son personas que no descansan hasta poner su firma en todo lo que hacen, y a veces también en lo que no hacen. No paran de provocar ocasiones en las que tener la oportunidad de presumir, de asumir protagonismo, de aparecer. Se preocupan de deslizar varias veces en la conversación que han sido ellas quienes han hecho posibles tales o cuales logros. Insisten con frecuencia en que no quieren ponerse medallas, y suelen decirlo en el mismo momento en que se las ponen.

Cuando esa vanidad es más primaria, su principal inconveniente es que hacen un poco el ridículo y demuestran abiertamente que su talento es bastante menor de lo que ellos piensan. Porque las personas de talento conocen mejor sus propios límites, y saben valorar el talento de los demás, y eso les ayuda a ser menos vanidosas.

La vanidad convierte a las personas en rehenes de la imagen que quieren dar a los demás. La vanidad hace estar pendientes de lo accesorio y olvidar lo principal. La vanidad hace perder la compostura a gente supuestamente inteligente, pero que precisamente con eso manifiestan que su discernimiento y su agudeza son escasas, y que su inteligencia se reduce a unos ámbitos muy limitados.
La vanidad suele fundirse con la envidia, porque los jactanciosos, en su carrera por la vanagloria, enseguida se entristecen si ven brillar a otros. Les parece que, de alguna forma, los logros de otros restan protagonismo a su vanidad ansiosa. Tienden a pensar mal de los demás y a hablar mal de ellos. Intentan enemistar a otros con sus siempre numerosos enemigos. Quieren abrirnos los ojos para que creamos lo que solo para su ceguera victimista puede ser evidente. Reducen la grandeza del hombre a su propio tamaño, y les gustaría decapitar a la humanidad de todo lo que sobrepase su corta estatura moral.

Si pensáramos en todo esto con un poco de profundidad, seguramente comprenderíamos enseguida que es un error vivir pensando tanto en la imagen y en las apariencias, en vez de vivir pendiente de lo que realmente se es y se debe ser.

interrogantes.net

Maneras de estar solo

Nacho Uría
La mitad de nuestros males proceden de no poder estar solos. La otra mitad de no saber estarlo. Con esto no quiero decir que la soledad involuntaria sea buena. No, no. Eso es aislamiento y desgasta y mata el alma y los afectos.

Me refiero más bien al don de estar apaciblemente solo. Sin ruido. Sin prisa. A la invencible sensación de tener el tiempo en las manos y sentir como se escurre, cómo se desliza y desaparece sin dejar rastro.

En estos días nuestros, severos y atropellados, la soledad es un lujo al alcance de pocos y percibirlo es un don de menos. Todo nos empuja, sin piedad, en sentido contrario, por eso la lentitud y el sosiego cotizan a la baja en el bazar moro que se ha convertido la vida.

Para una rica soledad


Hay mil maneras de estar solo. Eso lo descubrí con Eloy Sánchez Rosillo, poeta tranquilo, y el libro del mismo título con el que ganó el Adonais hace tres décadas. La soledad es, desde entonces, algo necesario, un tiempo de espera y también de plenitud.

Estar solo para sentarse en un parque y ver la vida pasar y saludarla mientras se aleja. Estar solo para leer de nuevo aquel viejo libro que tanto dijo. O para catar un vino joven que promete y cumple. Estar solo y echar a andar sin saber adónde ir y permitir a los pies que elijan la senda correcta. Estar solo para crecer hacia dentro, para librarse de la tensión de una familia excesivamente cercana y numerosa o para alejar la neurosis de un trabajo monótono y mal pagado. Estar solo, en fin, para no hacer nada que no sea estar solo y pensar. O rezar, si es que eso ayuda. Ni más ni menos.

Antaño la soledad era algo cotidiano. Entonces la vida pasaba con otro ritmo, más humano, más exacto. Los días eran largos, como los de un niño en verano. Hogaño no. Ahora hay que correr, acelerarse, hacer más cosas. ¿Más cosas? Quizá lo único urgente sea hacerlas mejor. Con pausa, con sentido, con el oficio del que ya ha visto mucho y quiere apurar la vida que le resta. ¿Apurar? No, apurar no, degustar, sin prejuicios.

Los hijos...


Hoy falta tiempo para maravillarse con lo pequeño porque la realidad nos aturde y nos aleja de nosotros mismos. Vivimos un exilio forzado y en nuestra demencia inculcamos la prisa a nuestros hijos, que sobreviven como pueden en medio de cursillos absurdos (inglés y tenis, a ser posible al mismo tiempo), competiciones necias y modas extravagantes (como las clases de chino mandarín).

Algunos padres dicen –y otros se lo creen– que hay que prepararlos para el futuro, pero me temo que ese futuro será de psiquiatras y lexatines. El porvenir, que ya es presente, es de niños hiperactivos y desgraciados, que saben elegir un hierro o una madera de su bolsa de palos de golf, pero que el único conejo que han visto en su vida se llama Bugs Bunny.

Otro gallo nos cantaría si fuéramos capaces de no planificar nada y que esa decisión no nos provocara ansiedad. Si encontráramos el tiempo para estar con nosotros mismos, aún a riesgo de no gustarnos, solos con nuestra soledad. Si cayéramos en la cuenta de que a menos velocidad, más felicidad. Si durmiéramos las horas necesarias, si aflojáramos el ritmo, si apagáramos el móvil.

Quizá entonces la vida volvería a ser vida y no una carrera de obstáculos. Simplemente vida.

iglesia.org

Saturday, August 1, 2009

Diez sugerencias para hacer fructífera la lectura de la Biblia

Para leer la Biblia deberíamos comenzar con una oración para abrir nuestro corazón y nuestra mente a la Palabra de Dios y terminar «con una oración para que esta Palabra dé fruto en nuestra vida, ayudándonos a ser personas mas santas y más fieles».

Las sugerencias para hacer fructífera la lectura de la Biblia para los católicos fueron ofrecidas por Mary Elizabeth Sperry, directora asociada para el uso de la New American Bible en la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB).

1. Leer la Biblia sí es para los católicos. La Iglesia alienta a los católicos a que hagan la lectura de la Biblia parte de su vida diaria de oración. Al leer estas palabras inspiradas, las personas profundizan en su relación con Dios y llegan a entender su lugar en la comunidad de aquellos que Dios ha llamado para sí.

2. Orar al principio y al final. Leer la Biblia no es como leer una novela o un libro de historia. Deberíamos comenzar con una oración pidiendo al Espíritu Santo que abra nuestro corazón y nuestra mente a la Palabra de Dios. La lectura de la Sagrada Escritura debería terminar también con una oración para que esta Palabra de fruto en nuestra vida, ayudándonos a ser personas más santas y más fieles.

3. ¡Entérese de toda la historia! Al escoger una Biblia, busque una edición católica. La edición católica incluye la lista completa de los libros que la Iglesia considera sagrados, así como introducciones y notas para comprender el texto. Toda edición católica incluye una nota de imprimatur en el reverso de la página del título. El imprimatur indica que el libro está libre de errores doctrinales según la enseñanza católica.

4. La Biblia no es un libro; es una biblioteca. La Biblia es una colección de 73 libros escritos en el curso de muchos siglos. Los libros incluyen historia de los reyes, profecías, poesía, cartas que retan a nuevas comunidades de creyentes en dificultades, y relatos de la predicación y la pasión de Jesús transmitida por parte de los creyentes. El conocimiento del género literario del libro que se está leyendo le ayudará a entender las herramientas literarias que usa el autor y el significado que éste trata de transmitir.

5. Sepa qué es la Biblia -y también lo que no es. La Biblia es el relato de la relación de Dios con el pueblo que Él ha escogido para sí. No está escrita para ser leída como un libro de historia, ni de ciencia, ni como un manifiesto político. En la Biblia, Dios nos enseña aquellas verdades que necesitamos para el bien de nuestra salvación.

6. La suma es mayor que las partes. Lea la Biblia en su contexto. Lo que sucede antes y después -incluso en otros libros- nos ayuda a entender el verdadero significado del texto.

7. Lo antiguo tiene relación con lo nuevo. El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento se iluminan el uno al otro. Aunque leamos el Antiguo Testamento a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, éste tiene también su valor propio. Juntos, estos testamentos nos ayudan a entender el plan de Dios para la humanidad.

8. No están leyendo solos. Al leer y reflexionar sobre la Sagrada Escritura, los católicos se unen a aquellos hombres y mujeres fieles que han tomado en serio la Palabra de Dios y la han puesto en práctica en su vida. Leemos la Biblia en la tradición de la Iglesia para beneficiarnos de la santidad y sabiduría de todos los fieles.

9. ¿Qué me está diciendo Dios? La Biblia no se dirige sólo a gente que murió hace mucho tiempo en un lugar lejano. También se dirige a cada uno de nosotros en sus propias circunstancias. Cuando leemos, debemos entender lo que dice el texto y cómo han entendido los fieles su significado en el pasado. A la luz de este entendimiento, entonces nos preguntamos: ¿qué me dice Dios a mí?

10. Leer no es suficiente. Si la Sagrada Escritura se queda sólo en palabras en una página, nuestra tarea no ha terminado. Necesitamos meditar sobre el mensaje y ponerlo en práctica en nuestra vida. Sólo entonces puede la Palabra ser "viva y eficaz" (Hebreos 4:12).

zenit.org

Wednesday, July 29, 2009

¡¡¡ ANIMO.....SIGUE ADELANTE!!!

¡¡¡SIGUE ADELANTE!!!

¡¡¡Sigue Adelante!!!
¡No te detengas en el camino!
No importa cuántas veces
hayas caído, sino...
¡¡¡Cuántas veces te has levantado!!!

¡Lleva en tu mente la certeza
de que cuando una puerta se te ha cerrado
Otra mas grande te espera abierta
al final del camino!

Cuando sientas que las fuerzas te abandonan, recuerda otras veces, que sí estuviste sin ellas, y milagrosamente las cosas se solucionaron!

Y todo esto porque actuaste bien
y con la conciencia limpia,
pero Sobretodo porque...
¡Dios Está Contigo!

Redobla tu fe y con ella alienta tu esperanza, en la Seguridad de que el mañana
será mucho mejor.
¡¡¡¡Arriba ese Ánimo!!!!

¡Sigue adelante con la vista al frente
y el paso firme, que nada te detenga!
No combatas con nadie,
pues tu mejor triunfo será aquel
que logres sin combatir!

Sigue a Dios por todas partes
y no tendrás temor en tu vida,
ni correrás ningún peligro.
¡Con Disciplina vencerás!
¡Con Sinceridad triunfarás!
¡Con Coraje te salvarás!

Lucha por cambiar a tu enemigo,
y conviértelo en tu amigo.
Ayuda a tus amigos a
luchar, sin hacer ver que tú
eres el maestro, sino aumentándoles
su propia iniciativa,

No desmerezcas al que no es inteligente,
préstale atención y
ayúdale a incrementar
sus propias fuerzas.

Practica el arte del amor,
avasallando la fuerza de tus enemigos.
Frente al amor perderán su odio,
y la victoria sobrevendrá sola
porque tú no has peleado.

El odio es vencido siempre por el amor
Si mantienes la fuerza de tu corazón,
podrás luchar cuantas veces sea necesario.
Si sientes que disminuye, entonces, mantente en guardia, pues el más pequeño fallo, te traería malas consecuencias,

Triunfan aquellos que:
saben cuándo luchar y cuándo no,
que saben discernir, y son visionarios.

Si tus sentimientos, tu fuerza, y tu valor
son mejores cada día y te conoces a ti mismo, conocerás a los demás.

No discutas con aquellos que se esconden
en la profundidad de las sombras
y son expertos en el arte de la envidia.
Tu vuela por elevadas cumbres de los cielos
y cuando tengas que combatirlos,
actúa como el águila .

No tengas miedo en reconocer
que eres bueno y talentoso...,
¡Eres hijo de Dios, Recuérdalo!!
Él no está solamente en algunas personas,
habita en todos y cada uno de nosotros.

Haz que tu luz se irradie, y
verás que ayudas a que
otras personas hagan lo mismo.

Descubre que hay suficiente bondad
para creer en un mundo de paz.
Una palabra generosa, un abrazo y
una sonrisa serán tuyos,
todos los días de tu vida,

Verás que el dolor que has vivido y los problemas que has experimentado, te siguen dando el Poder de Caminar por la Vida.
Y no olvides que habrá seres cuyo amor
y comprensión siempre estarán contigo.

¡ANIMO!¡SIGUE ADELANTE!
que aprenderás mucho,
¡¡CADA VEZ QUE CAIGAS Y TE LEVANTES!!
¡¡ÁNIMO SIGUE ADELANTE¡¡
¡¡Que Dios te bendiga!!
Compártelo.

Tuesday, July 28, 2009

Oración sacerdotal de Jesús

Van a descubrir lo que hay en el corazón de Jesús...

En ese momento Jesús da un giro a su conversación. Ya no mira a los discípulos sino que mira al Padre y habla con Él en voz alta. La emoción es máxima. Van a descubrir lo que hay en el corazón de Jesús. «Jesús, dicho esto, elevó sus ojos al cielo y exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste poder sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado» (Jn).Es la hora establecida desde la eternidad, la hora de las tinieblas, pero también la hora del máximo amor divino y humano, la hora de la redención, la hora del sacrificio perfecto. Todo está preparado, pero hay que vivirla con intensidad.

«Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien Tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera» (Jn). Sólo el que comprende el amor del Padre puede comprender el amor del Hijo. Jesús es el único que puede corresponder a ese don íntegro del Padre con un don de sí mismo también perfecto que, además de divino, es plenamente humano. La gloria es el amor entre Padre e Hijo, pero en Jesús está oculto en su humanidad. La gloria de la resurrección descubrirá el nuevo rostro del Padre en el Hijo.

iglesia.org

Monday, July 27, 2009

La universidad y la religión

Según Newman, «es la educación lo que proporciona a la persona una visión clara y consciente de sus propias opiniones y juicios, una verdad que los desarrolla… una elocuencia que los expresa, y una fuerza para ponerlos en práctica» (The Idea of a University, 1854). Por eso es clave saber elegir –si es posible– la universidad que «sirva» de verdad a las personas y su entorno (no se es mejor por apuntarse a una universidad, pero allí debe adquirirse una responsabilidad especial por las personas).

Como es clave saber «vivir» la universidad y disfrutarla siempre (cuando se aprende a ser universitario, no se deja de serlo). Y contribuir después a mantener lo que nos sirvió, si nos sirvió.

En su viaje a Tierra santa, Benedicto XVI bendijo en Jordania la primera piedra de una universidad –la universidad de Madaba– promovida por el Patriarcado Latino de Jerusalén. Todo lo que dijo allí puede aplicarse como «ideario» para una universidad de inspiración cristiana y servir de «test» para cualquier institución educativa de rango académico que esté abierta a iluminar su actividad con las dos «alas» de la razón y de la fe.

Ante todo, tres objetivos: primero, servir a la comunidad humana circundante y elevar el nivel de vida, desarrollando los talentos y las aptitudes de los alumnos. Segundo, promover en ellos la adhesión a los valores y a vivir en libertad personal, por medio de la transmisión del conocimiento y del amor a la verdad. Tercero, afinar el genuino espíritu crítico, disipar la ignorancia y los prejuicios, ayudar a romper los hechizos creados por las ideologías.

Amor y adhesión a la verdad, aprecio por los valores de la cultura, diálogo encaminado a la tolerancia y la paz. Son los pilares de esa educación «más amplia» – decía el sucesor de Pedro – que se espera de cualquier universidad abierta a un contexto religioso, pues, «la fe en Dios no suprime la búsqueda de la verdad; al contrario, la estimula». Y recordaba la exhortación de San Pablo a los primeros cristianos, para que abrieran su mente a «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio».

Pero ¿cuál es en concreto el papel de la religión en la universidad? De por sí, observaba el Papa, «la religión, como la ciencia y la tecnología, la filosofía y cualquier otra expresión de nuestra búsqueda de la verdad, puede corromperse». Concretamente –no olvidemos el contexto del discurso: una «Tierra santa», pero sembrada de conflictos – «la religión se desfigura cuando se la obliga a ponerse al servicio de la ignorancia o del prejuicio, del desprecio, la violencia y el abuso. En este caso no sólo se da una perversión de la religión, sino también una corrupción de la libertad humana, un estrechamiento y oscurecimiento de la mente». Pero esto no es inevitable, continuaba. La educación proclama la confianza en la capacidad humana para distinguir el bien del mal, la verdad de la injusticia. Por tanto, a pesar de los intereses y las pasiones torcidas del corazón humano, se le puede ayudar a ser verdaderamente libre.

«La persona genuinamente religiosa –seguía argumentando– percibe la llamada a la integridad moral, dado que al Dios de la verdad, del amor y de la belleza no se le puede servir de ninguna otra manera. La fe madura en Dios sirve en gran medida para guiar la adquisición y la correcta aplicación del conocimiento». Ciertamente, hay que reconocer los beneficios de la ciencia y la tecnología, pero al mismo tiempo la ciencia tiene sus límites. No responde a todos los interrogantes que se plantea la existencia humana, su sentido y valor, su lugar y finalidad en el universo.

Citaba en este punto al Concilio Vaticano II: «La naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, que atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y el bien» (Gaudium et spes, 15).

Y concluía el Papa: la ciencia y la tecnología necesitan la luz orientadora de la sabiduría ética. «Esa es la sabiduría que ha inspirado el juramento de Hipócrates, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, la Convención de Ginebra y otros laudables códigos internacionales de conducta».

En síntesis, puede decirse que la educación universitaria está llamada a impulsar la búsqueda de la verdad, purificando tanto la religión, como la ciencia, la tecnología y la filosofía, precisamente por medio del diálogo entre ellas, con tal que ese diálogo esté abierto a Dios; lo que es lo mismo, presidido por la sabiduría religiosa y ética. Con palabras bien claras, «las universidades donde la búsqueda de la verdad va unida a la búsqueda de lo que hay de bueno y noble, prestan un servicio indispensable a la sociedad».

Al final de su escrito, Newman confiaba en poder agradecer por toda la eternidad, con el corazón y los labios, que se le hubiera permitido aportar siquiera un poco, y testimoniar un mucho, del difícil, pero a la vez agradable y esperanzador trabajo que supone hacer una Universidad.

gaceta.es

Sunday, July 26, 2009

Redescubrir el Catecismo de la Iglesia Católica

En plena crisis cultural, cuando en Europa –por ejemplo en nuestro país– se quiere encerrar a la religión en el ámbito privado, ¿es posible abrir el debate público a la religión, como es normal en Estados Unidos?
El obstáculo para lograrlo parece consistir en la característica «hipercrítica» de nuestra vieja Europa, secularizada por la modernidad hasta el punto de que ha conseguido eclipsar la educación religiosa más básica. Y por eso muchos cristianos están desarmados –¿o acomplejados?– ante las propuestas del laicismo combativo.

No es ajeno a esto el hecho de que, en una buena parte de los educadores y formadores europeos –fascinados ante la «apertura al mundo» que creían ver en el Concilio Vaticano II–, haya primado en exceso la «adaptación» o la «conciliación» con la cultura ambiente, descuidando la identidad cristiana. Y ahora resulta que hay jóvenes cristianos –y no tan jóvenes– que demandan ese refuerzo de su identidad. Han pasado de un cristianismo de «pertenencia», que se daba por supuesto hace décadas, a un cristianismo que necesita de «convicciones» para vivir y respirar, y no encuentran quiénes les ayuden a conciliar su fe con su razón. Quizá pueda educárseles como «contestatarios», pero hay que cuidar de no abandonarlos en el voluntarismo y el fideísmo, primos-hermanos del fundamentalismo.

La cuestión está en que lo «básico» –los verdaderos fundamentos de la vida cristiana que se integran perfectamente con la razón, aunque la superen: la oración y los sacramentos, la gracia y las virtudes, el combate contra el pecado, la vida eterna– es previo a lo «crítico», y la identidad es previa al diálogo. Esto no quiere decir que la dimensión crítica y dialógica del cristianismo deban desaparecer, y quedar encerradas en las paredes de las casas o de los templos, permaneciendo ausentes del debate público. No. Sólo quiere decir que son momentos «segundos» respecto a lo primero: la identidad, lo básico. Cuando alguien no sabe quién es o a qué ha venido, es difícil que pueda aclararse en la maraña del mercado de opiniones e ideologías.

Todo esto es lo que plantea agudamente Mons. Jean-Louis Bruguès –secretario de la Congregación para la Educación Católica– en un texto publicado en el «Osservatore Romano», el 3 de junio de 2009. El texto se refiere a la formación de los seminaristas, pero vale para todos. Lo que propone es «una formación teológica sintética, orgánica y que apunte a lo esencial», la primacía de lo básico y «la renuncia a una formación inicial signada por un espíritu crítico… y por la tentación de lograr una especialización demasiado precoz, precisamente porque le falta a estos jóvenes el necesario background cultural». En otros términos, añade, «yo aconsejaría elegir la profundidad más que la extensión, la síntesis más que los detalles, la arquitectura más que la decoración».

Para esta tarea, señala como referente principal el Catecismo de la Iglesia Católica. Quizá alguien esté tentado de pensar: ¡vaya descubrimiento, el catecismo de nuestras bisabuelas! Pues sí, el catecismo como sabio instrumento de transmisión de la fe, pero no un catecismo cualquiera; sino el que la Iglesia Católica (con su Compendio) propone para el siglo XXI. Este Catecismo contiene cuanto el Concilio Vaticano II consideró importante para explicar la fe en nuestro tiempo; lógicamente, con las mediaciones necesarias de las familias, los catequistas y los formadores. Por eso hay que considerar la propuesta de Mons. Bruguès como una aportación luminosa en el momento actual, que vale la pena redescubrir por parte de todos los que tenga a su cargo la formación.

Concluye Mons. Bruguès que los formadores deben «asegurar armoniosamente», en primer lugar, «el paso de una interpretación del Concilio Vaticano II a otra» (es decir, pasar desde aquella fascinación ingenua por la «apertura al mundo», a una toma de conciencia de los desafíos actuales). Y en segundo lugar, también probablemente es necesario asegurar el paso «de un modelo eclesial a otro» (o sea, desde una «pertenencia» que se daba por supuesto, a una «convicción» que se busca, se mantiene y se acrecienta con el esfuerzo de la razón, de la experiencia de la fe vivida y de la comunión con los demás cristianos).

Efectivamente, el reto de la formación cristiana está hoy en las prioridades y en las proporciones. Las casas se comienzan por los cimientos. Sobre la base de una formación humana y espiritual adecuadas, hay que guardar íntegro el depósito recibido –la fe y la tradición cristiana– y abrirlo a los desarrollos legítimos y necesarios del pensamiento, de la cultura y de la ciencia, que conservan matrices de raíz cristiana (la igualdad y la libertad, la solidaridad y la responsabilidad, etc.). Y esto constituye, a su vez, la raíz de una formación que sea permanentemente misionera o evangelizadora. Todo ello es condición para un diálogo auténtico entre religión y cultura, y, por tanto, para el progreso como personas y como cristianos. Pero, no lo olvidemos, el primer desafío es «la formación de los formadores».

cope.es