Sunday, August 9, 2009

Hasta el final del final

Dicen que el matrimonio está en crisis. Dicen que los jóvenes ya no quieren casarse. Dicen que han triunfado formas más libres de convivencia que no ponen el riesgo la posibilidad de un fracaso. Dicen que el divorcio exprés ha pasado por la institución familiar como un tornado y que los casados desgajan el armazón de sus promesas con apenas un trámite con el que se hace realidad el «si te he visto no me acuerdo».

Los que dicen y dicen tantas banalidades acerca del matrimonio desconocen la esencia misma del amor, que no es una mera probatura, un vamos a ver qué tal, un si no funciona aquí santas pascuas. El matrimonio poco tiene que ver con esas relaciones de todo a cien fabricadas en molde y en las que uno juega al amor como pudiera haberse puesto a jugar a las chapas. El matrimonio es algo muy serio. Muy bonito y muy serio, que ambos términos se complementan bien y trazan el dibujo de la institución primigenia de la sociedad humana: un hombre y una mujer que se quieren y porque se quieren deciden formar entre ellos una unidad sin condiciones. Repito, sin condiciones, de tal forma que puedan sobrellevar con alegría los sinsabores de una larga vida en común. Pero también los momentos felices, los proyectos y la formación de nuevas vidas.

La belleza del matrimonio está desde hace tiempo mal contada. Puede que los que estamos implicados hasta el tuétano en la vida familiar hayamos dejado a otros –que han fracasado en el amor– que cuenten en qué consiste la vida en común. Y claro, como cada cual bebe de su experiencia han transfigurado el matrimonio en un esperpento que poco o nada tiene que ver con la realidad.

El noviazgo es una faceta interesante, fundamental para ceñir después un vínculo más sólido. Pero nos confundimos cuando focalizamos toda la atención en los novios, ya que estos aún viven una especie de sombra del amor en la que no existe el compromiso ni, por tanto, la entrega radical. El hombre o la mujer que cambian y vuelven a cambiar de novio, de ligue, de compañero o de amante ocupan demasiada atención en nuestra vida (los medios de comunicación, las películas, las conversaciones, el sector de la información rosa…), como si fueran ellos los auténticos adalides del amor. Por sus rostros y testimonios deducimos que disfrutan en esa búsqueda a veces enfermiza de la estabilidad emocional con la que se lanzan a aventuras sin ton ni son que ya desde el principio anuncian a los cuatro vientos su caducidad. La versatilidad de sus acompañantes, la sensación de seguridad que muestran ante cámaras y micrófonos, la interpretación de estar viviendo una historia de cuento desfigura la realidad, que es mucho más amarga: «no consigo soportar a nadie o nadie logra soportarme a mí, mientras a mi lado siempre encuentro a algún familiar y amigo que mantiene un amor estable y duradero con el que se libran de tantas lágrimas, de tanto ir y venir con el corazón en las manos, dispuesto a entregárselo al primero que me lo pida».

Detrás de la careta de aparente felicidad del novio eterno, del amante sin par, suele esconderse el escozor de una vida no completada. Porque el amor es donación, un proyecto que comienza el día que se verifica el compromiso público de amar a otra persona hasta los huesos, en salud y en enfermedad, en bonanza y necesidad, y que no termina nunca porque nunca acaba de perfeccionarse. La donación matrimonial es total y creciente, una suerte de perfección humana que –si se plantea bien, sin reservas de egoísmo en un por si acaso– cada vez nos hace más felices porque nos convierte en más dueños de nosotros mismos mediante nuestro abandono total en el otro.

Tal vez escriba un lenguaje difícil de entender por esta sociedad en la que los papeles están cambiados. Como decía al principio, es hora de que los que vivimos la pasión del matrimonio comencemos a contar que no se trata de una equivocación de la juventud. Ni mucho menos. Es la mejor elección que pueden tomar un hombre y una mujer que se quieren y desean quererse hasta el final del final. Así de sencillo.

fluvium.org

Saturday, August 8, 2009

La familia, escuela de humanización

Fernando Pascual
La apertura al amor es una de las características más profundas y más hermosas del ser humano.

Estamos hechos, física y espiritualmente, para amar. Toda nuestra existencia se explica desde el amor y para el amor. Sin amor, somos incomprensibles, como un coche sin ruedas o como una pantalla sin imágenes.

El amor orienta al hombre y a la mujer a la total entrega mutua en el matrimonio. Esta vocación a darse plenamente al otro muestra de un modo profundo que somos imagen y semejanza de Dios.

Como dice el «Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica» (n. 337): «Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6) ».

Juan Pablo II explicaba esta idea con gran profundidad: «El hombre se ha convertido en \'imagen y semejanza\' de Dios, no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el varón y la mujer forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios, no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión» (Catequesis de los miércoles, 14 de noviembre de 1979).

Los dos textos anteriores fueron citados por Benedicto XVI durante los actos finales del Encuentro Mundial de las Familias (Valencia, 8-9 de julio de 2006). Con esos textos el Papa quería explicar una hermosa afirmación que acababa de formular: «La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor» (discurso en la vigilia con las familias, 8 de julio de 2006).

Por eso Benedicto XVI subrayaba en ese mismo discurso una idea central para la vida de cualquier familia y de la entera sociedad: «la familia es una escuela de humanización del hombre, para que crezca hasta hacerse verdaderamente hombre. En este sentido, la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad de hijos».

Toda vida inicia, por lo tanto, desde un amor doble. Por un lado, los esposos se aman plenamente, se dan el uno al otro. Sin límites, con la mirada puesta en el bien del otro, con la apertura a la gran riqueza de la propia fecundidad mutua que permite que marido y mujer lleguen a ser cooperadores de Dios en la transmisión del don de la vida.
El don del hijo

Por otro lado, la apertura de la mutua donación lleva a la apertura al hijo, que es amado por sí mismo, que es visto como don dentro del don. Lo explicaba así Juan Pablo II en su «Carta a las familias» (n. 11):

«Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de «una sola carne», la lógica de la entrega sincera entra en sus vidas. Sin ella, el matrimonio sería vacío, mientras que la comunión de las personas, edificada sobre esa lógica, se convierte en comunión de los padres. Cuando transmiten la vida al hijo, un nuevo «tú» humano se inserta en la órbita del «nosotros» de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: «nuestro hijo...; nuestra hija...». «He adquirido un varón con el favor del Señor» (Gn 4,1), dice Eva, la primera mujer de la historia. Un ser humano, esperado durante nueve meses y «manifestado» después a los padres, hermanos y hermanas. El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento, sirven para crear como un espacio adecuado para que la nueva criatura pueda manifestarse como «don». Así es, efectivamente, desde el principio. ¿Podría, quizás, calificarse de manera diversa este ser frágil e indefenso, dependiente en todo de sus padres y encomendado completamente a ellos? El recién nacido se entrega a los padres por el hecho mismo de nacer. Su vida es ya un don, el primer don del Creador a la criatura».

Vocación del hijo al amor



Cuando el hijo se descubre centro del amor, cuando reconoce que existe porque es amado por sí mismo, entonces puede entrar en el dinamismo del amor.

Primero lo recibe, lo acoge, lo celebra. Descubre que la vida es hermosa. Palpa que su existencia es no sólo respetada y protegida, sino, sobre todo, amada. Entra en un ámbito de amor precisamente porque recibe mucho amor.

Luego, al tomar conciencia de que existe como fruto del don recíproco entre sus padres, al saber que llegó a convertirse «en don para los mismos donantes de la vida» (Juan Pablo II, «Carta a las familias» n. 11), descubrirá que su verdadera vocación consiste en darse, en amar como fue amado. Esta es la auténtica humanización que cada hijo empieza a vivir al nacer en familias basadas en el amor genuino y completo.

Benedicto XVI formuló una idea parecida en la homilía pronunciada en Valencia el 9 de julio de 2006:

«El padre y la madre se han dicho un «sí» total ante Dios, lo cual constituye la base del sacramento que les une; asimismo, para que la relación interna de la familia sea completa, es necesario que digan también un «sí» de aceptación a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado y que tienen su propia personalidad y carácter. Así, éstos irán creciendo en un clima de aceptación y amor, y es de desear que al alcanzar una madurez suficiente quieran dar a su vez un «sí» a quienes les han dado la vida»

La familia es, por lo tanto, la principal y más completa escuela de humanización. Desde el Evangelio estamos llamados a descubrir esta vocación profunda del matrimonio y de la familia. Las nuevas generaciones recibirán, entonces, junto al magnífico tesoro de la fe, el testimonio de padres que viven desde el amor y para el amor. Lo cual es, en cierto modo, anticipar un pedazo de cielo en esta tierra hambrienta de esperanza y necesitada de familias verdaderamente enamoradas...

iglesia.org

Friday, August 7, 2009

Mexicanos convierten teléfono móvil en medio para rezar Rosario

La Arquidiócesis de Tlalnepantla anunció la creación de un programa gratuito para convertir el teléfono móvil en un medio para rezar el Santo Rosario, y que puede ser descargado desde su sitio web.
Según explicaron los realizadores, tras la descarga el usuario usará una determinada tecla a modo de cuenta, y al llegar al décimo Avemaría, el celular vibrará para indicar que terminó el misterio.
Asimismo, las invocaciones para la letanía y rezos complementarios aparecen en la pantalla del teléfono, donde el fiel también puede elegir el misterio correspondiente.
Para descargar el programa ingresar a http://www.arqtlalnepantla.org/PC/Descargas_al_celular.html

Thursday, August 6, 2009

10 consejos de Benedicto XVI a la gente joven

1) Dialogar con Dios

«Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: «Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar». Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar».

2) Contarle las penas y alegrías

«Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra ibertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que él ilumine con su luz vuestra mente y toque con su gracia vuestro corazón.

3) No desconfiar de Cristo


«Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad.
Decid, con María, vuestro «sí» al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: «Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera».

Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo».

4) Estar alegres: querer ser santos


«Más allá de las vocaciones de especial consagración, está la vocación propia de todo bautizado: también es esta una vocación a aquel «alto grado» de la vida cristiana ordinaria que se expresa en la santidad.
Cuando se encuentra a Jesús y se acoge su Evangelio, la vida cambia y uno es empujado a comunicar a los demás la propia experiencia (...). La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad. Os invito a que os esforcéis estos días por servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en vuestro entorno».

5) Dios: tema de conversación con los amigos

«Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás».

6) El domingo, ir a Misa


No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de ella emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena!

Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.

7) Demostrar que Dios no es triste

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no.

8) Conocer la fe

Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo. Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia él. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura.

9) Ayudar: ser útil


Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos dónde y cómo somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse sólo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos.

10) Leer la Biblia

El secreto para tener un «corazón que entienda» es formarse un corazón capaz de escuchar. Esto se consigue meditando sin cesar la palabra de Dios y permaneciendo enraizados en ella, mediante el esfuerzo de conocerla siempre mejor. Queridos jóvenes, os exhorto a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea para vosotros como una brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola, aprenderéis a conocer a Cristo. San Jerónimo observa al respecto: «El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo».

En resumen...

Construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina: ¡he aquí, jóvenes del tercer milenio, cuál debe ser vuestro programa! Es urgente que surja una nueva generación de apóstoles enraizados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a para difundir el Evangelio por todas partes. ¡Esto es lo que os pide el Señor, a esto os invita la Iglesia, esto es lo que el mundo - aun sin saberlo - espera de vosotros! Y si Jesús os llama, no tengáis miedo de responderle con generosidad, especialmente cuando os propone de seguirlo en la vida consagrada o en la vida sacerdotal. No tengáis miedo; fiaos de Él y no quedaréis decepcionados.

Amigos, custodios

Por más autosuficientes o solitarios que seamos, todos necesitamos ser cuidados. Y, si hacemos lo necesario en nuestra vida, quizás logremos cultivar vínculos con gente que son como cajas fuertes: su modo de cuidarnos es guardar con atenta vigilancia lo mejor de nosotros mismos. Sí: eso es lo que etimológicamente significa la palabra «AMIGO», animi custos = el que custodia el alma. ¿Y de qué la custodia? A veces, de los demás y de las circunstancias que puedan mancillarla o herirla fatalmente. Pero muchas veces, la protege DE NOSOTROS MISMOS: el animi custos nos cuida de nuestra propia necedad cuando insistimos en elegir lo que nos hace mal; nos cuida de nuestra soberbia, cuando el Ego nos enreda en sus trampas; nos cuida de nuestra ingenuidad, cuando las trampas nos las tienden otros; nos cuida de nuestra propia estupidez, cuando saboteamos lo que sustenta el sentido de nuestra vida. O sea, el verdadero animi custos nos ayuda a mantenernos despiertos, enfocados hacia el despliegue de nuestro propio destino.

Pero cuidado: con las barajas de la amistad no se juega al solitario; es un juego de a dos, cuya regla es la reciprocidad. No se trata de que uno cuida y el otro se deja cuidar, sino que ambos somos animi custos de lo mejor del otro. Y hay dos cualidades que propician esta reciprocidad: por un lado, nuestro custodio del alma tiene esencialmente fe en nosotros, aunque nos equivoquemos con frecuencia, o algunos nos vean como un fraude, nos descalifiquen o nos excluyan. A esa fe se le llama fidelidad: fides = fe. Otra cualidad es que ambos se eligen porque, a su vez, ambos eligen los mismos valores, las mismas Leyes de Vida. A eso alude la palabra leal = que adhiere a una misma Ley. ¿Qué es lo que sostiene este tipo especial de Amor leal y fidedigno? Lo sepan o no, quienes lo vivencian están apoyados en una reminiscencia, un lejano recuerdo de que TODOS SOMOS UNO, como lo dicen las antiguas Tradiciones de Sabiduría. «Yo soy tú, tú eres yo», proclaman los místicos. Y si es así, ¿cómo no ayudarnos recíprocamente, tenernos fe, sernos leales el uno al otro?

Hay otra versión etimológica de la palabra «amigo» que la aúna a «compañero»: en ambos casos se alude a «aquél con quien compartimos la miga del pan»; no la cáscara, sino la miga: el centro. Y es desde ese centro que nos reconocemos en el otro, prescindiendo de toda cáscara. ¡Qué descanso! Cuando en un vínculo todavía estamos demasiado preocupados por cómo seremos vistos por el otro, es porque la amistad aún no se ha consolidado. Cuando ya no quedan imágenes, sino la desnudez de toda impostura, la amistad puede comenzar a germinar. Y quizás desde esa autenticidad esencial es que han nacido los mejores cambios en el mundo.

iglesia.org

Tuesday, August 4, 2009

Cumpleaños de nuestra Madre



Cumpleaños de la Virgen, sin dudas un festejo muy especial
El 5 de agosto fue indicado por María en Medjugorje como la fecha de su nacimiento

Como Iglesia festejamos el cumpleaños de la Virgen el día 8 de setiembre. Sin embargo, en apariciones como Medjugorje o en las revelaciones vinculadas con la Rosa Mistica, Ella ha manifestado que la fecha real fue un 5 de agosto. María nos expresa así su deseo de que se festejen ambas fechas, y siendo Ella una Madre Celestial, ¿cómo podríamos no acceder a su pedido?

Lo curioso es que es la propia Madre de la Iglesia la que nos hace un regalo, festejando su cumpleaños. Ella nos trae al Niño Jesús, nos lo ofrece como signo de Maternidad Divina, porque es en El en que nos hacemos hermanos del mismos Dios, e hijos de Su mismísima Madre.
¿Y cual es el regalo que le haremos entonces?

La Virgen sigue invitándonos a seguir sus pasos, pasos de amor que nos mueven a su Hijo, Niño Dios, Hombre Dios, Amigo y Compañero, Hermano y Verbo Divino.
Jesús Señor nuestro, danos la alegría de poder hacer sonreir a Tu Madre, haznos niños pequeños que muevan sus corazones hacia Tu Sagrado Corazón, a través del Inmaculado Corazón de la Reina del Cielo y la tierra.

Hoy los invitamos a acceder a nuestra sección de oraciones a la Virgen, para que allí encontremos las palabras que la hagan feliz.

http://mariamedianera.ning.com/


La misión de la iglesia, también en vacaciones

En medio del paréntesis que marca el mes de agosto para millones de personas, encontramos en los desiertos medios de comunicación oasis informativos que nos muestran cómo la Iglesia sigue al pie del cañón, atendiendo las necesidades de aquellos que menos tienen. Como nos recuerda el Papa Benedicto XVI en la encíclica “Deus caritas est”, la Iglesia es la familia de Dios en el mundo y en esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario.

Fiel a esta vocación Cáritas Española ha aprobado esta semana un paquete de partidas económicas por valor total de 432.000 euros con destino a una docena de proyectos de desarrollo básico para comunidades especialmente vulnerables de diversos países de África, América Latina y Asia. Los proyectos permitirán llevar a cabo, entre otros, programas de acceso al agua potable, de educación para niños huérfanos y de promoción integral de la mujer o de atención a personas mayores.

El compromiso de la Iglesia con los más desfavorecidos no descansa. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y el anuncio de la Palabra. Como lo demuestra Caritas con la dedicación generosa de quienes colaboran y trabajan en ella; una atención que sale del corazón y que hace que el otro, además de poner remedio a sus necesidades más básicas, experimente la gran riqueza de humanidad que transmiten quienes están junto a él, no por imposición ni por mero altruismo, sino como una consecuencia lógica que se desprende de su fe.

cope.es